Fue en la tarde del viernes 8 de abril de 1994 que me enteré que Kurt Cobain había muerto. Estaba almorzando con mis primos cuando un reporte de ATV Noticias informó que el cuerpo del líder de Nirvana había sido encontrado sin vida dentro de su casa. Se había volado los sesos de un disparo, luego de batallar con la fama, Courtney Love y la heroína.
Por ese entonces yo estaba bien metido en el metal y el glam rock, así que Nirvana no estaba dentro de las bandas que me rompían la cabeza. Sin embargo, la invasión de su música en todos lados tras la muerte de Cobain me animó a darle una oportunidad al trío de Seattle. Obviamente, Nevermind fue el disco que más rápido conseguí.He escuchado, leído y visto cien mil cosas sobre este álbum. Hay gente que lo ensalza hasta la divinidad y otros que lo critican porque “cambió la historia de la música siendo una obra que aportó poco” (¿?). Para mí, “Nevermind” significó una apertura de mente, la introducción a un mundo distinto del rock en momentos en los que creía que lo único que existía eran las cinco bandas que escuchaba todo el día.
Debo decir que gracias a “Nevermind” mis gustos musicales comenzaron a abrirse. Dejé de lado mi fanatismo sectario y abrí mis oídos a propuestas de otros géneros, no necesariamente rockeros. Quién sabe qué tendrán esas 12 canciones o cuál será la energía que Kurt imprimió en ese disco, lo cierto es que para mí es muy especial y nunca me canso de escucharlo, pese a que mi cinta de El Virrey ya está casi borrada.

Appetite for Destruction – Guns N’Roses
Geffen 1987
Debe haber sido en alguno de mis cumpleaños que mi mamá me regaló este casete. Fue la edición nacional sacada por El Virrey que aún conservo como una reliquia llena de muchos recuerdos. Y es que eso es lo que significa este álbum para mí: un cofre repleto de memorias de adolescencia, época escolar, primeros amores, borracheras de antología y el inicio de un fanatismo sin límites que terminó en el hartazgo.
“Appetite for Destruction” es un discazo por donde se le mire. Tiene hits radiables, que servían de fondo para las fiestas escolares o quinceañeros (“Sweet Child O' Mine”, “Welcome To The Jungle”, “Paradise City”), y también aquellas “canciones duras” que ponía con mis amigos para aparentar ser los “chicos malos del barrio” con las chicas (“It's So Easy”, “Nightrain”, “My Michelle”).
Es un disco redondo, porque le gustaba a todo el mundo. A los rockeros, por obvias razones (la guitarra de Slash y la voz de Axl son algo de lo mejor que la música ha dado en muchos años); a los no tan rockeros, esos que sólo buscan baile; y a la chicas, que morían por ese salvajismo y sensualidad que transmitían los Guns N’Roses en aquellos años y que ninguna banda (sorry, amigos) ha vuelto a transmitir desde entonces. Ni siquiera los emos mejor maquillados.
A partir de este álbum los Guns N’Roses se convirtieron en mi banda insignia. Me olvidé de todo lo demás. En mi cabeza sólo existían Axl, Slash, Duff, Izzy y Matt. Me volví un fanático patológico. Pasaba todo el día escuchándolos, volteando los casetes de lado en lado, consiguiendo rarezas con otros fans, comprando polos carísimos en Phantom de Diagonal y en Galerías Brasil.
Hasta que un día desperté y no los soporté más, regalé todo lo que tenía, me deshice de verdaderas joyas de colección que, a decir verdad, no echo de menos. La culpa la tiene Nirvana. Gracias, Kurt. Los GN’R están bien, suenan mejor con el paso de los años (en los discos viejos, obvio), ahora los recuerdo con nostalgia, pero no volvería a comprarme un CD de ellos. Aún sigo buscando la razón de ese divorcio radical.

Thriller – Michael Jackson
Epic 1982
Conocí a Michael Jackson a través de la televisión. Sus videos, de factura cinematográfica, me partieron el cerebro a mis tiernos 5 años. Obviamente, pedí el disco de inmediato, que se convirtió, digámoslo así, como “el primer álbum de rock” que tuve en mi vida. Obviamente que lo de Jacko es el pop, pero, sin duda, este disco me mostró que había vida más allá de toda la onda infantil que invadía mi tocadiscos de ese entonces.
Pero, a diferencia de muchos, yo me pegué con las canciones menos conocidas del long play (aunque de sus 9 canciones, 7 fueron singles): “Wanna Be Startin' Somethin'” (tema que abre el disco y que termina con un coro genial entre Michael y un grupo vocal femenino), la balada “Human Nature” y la cálida “P.Y.T. (Pretty Young Thing)”.
De las “famosas” me quedo, en primer lugar, con “The Girl Is Mine”, tema a medio tiempo que Jackson grabó con Paul McCartney, cuando su amistad iba más allá de los negocios. Y, obviamente, “Beat It” por ese increíble solo de guitarra de Van Halen, quien, aseguran, no cobró ni un solo dólar por grabar en el disco, emocionado hasta las lágrimas porque Quincy Jones, legendario productor del LP, lo convocó para la grabación.
“Thriller” es una genialidad, una insuperable obra maestra, que recién digerí con el paso de los años, pero que en 1982 sólo era música, baile y risas. Debe ser por eso que este disco es de los que más quiero en mi colección. Aún conservo mi viejo vinilo con la foto de Michael recostado en el piso con su caso blanco, también poseo la edición especial en CD por su 20 aniversario. Gracias, vieja, por comprármelo.
Nada Personal – Soda Stereo
Columbia 1986
“Nada Personal” es un disco adelantado a su tiempo. Fue sorprendente ver y escuchar el gran cambio que Soda Stereo realizó desde su debut, meses antes, hasta este trabajo que el propio Gustavo Cerati describió como una venganza al sonido “light” del homónimo primer vinilo. No sólo el trío sonaba renovado, me atrevo a decir que sus músicos reinventaron la banda y plasmaron lo que realmente querían hacer desde un comienzo.
Soda cambió de look, de sonido, de logo, de propuesta escénica. Dio un paso adelante y, tiempo después, se adueñó de Latinoamérica. El álbum suena poderoso en cualquiera de los formatos que fue editado (LP, casete, CD, CD remasterizado), pese a que su proceso de grabación fue una tortura y el trío tuvo que inventar muchos mecanismos para que lo que brotara por los parlantes del tocadiscos sea igual al sonido que transmitían en vivo.
“Si no fuera por…”, “Juego de seducción”, “Imágenes retro”, “Ecos” y “Danza rota”, son mis canciones favoritas de “Nada personal”, un disco que he escuchado tantas veces como he pronunciado el nombre de Soda Stereo en mi vida. Y como plus debo decir que todo buen fan de Soda, ver el video de la presentación del disco en el Estadio Obras en los ochenta era una experiencia más que orgásmica, sobre todo si tu televisor era en blanco y negro y con un solo parlante. No importaba, el stereo seguía latente.
Elektra 1967
Una vez alguien me dijo que The Doors no aportó nada al rock y que Jim Morrison no fue más que un bufón que murió víctima de sus payasadas. Seguramente esa persona jamás escuchó “Strange Days”, el segundo disco del cuarteto de Los Ángeles, y mi favorito en su discografía, en el que la banda avanzó apresuradamente a una madurez alucinante y pulió ese sonido salvaje que le dio fama con su debut.
“Moonlight Drive”, “Love Me Two Times” y “When The Music's Over”, muestran a los Doors en su mejor momento musical y a Morrison con una lucidez inédita a la hora de interpretar hasta las canciones más malditas del disco. La banda conjuga perfectamente su estilo musical y hace suyo el rock, blues y los poemas-baladas que Jim presenta a Ray, Robbie y John, como “My Eyes Have Seen You” y “I Can't See Your Face In My Mind”.
El ensamble musical llega a momentos de éxtasis, como en los once minutos de “When The Music's Over”, el tema que cierra el disco, una canción que, de lejos, representa la esencia de los Doors, banda surgida de las canteras del blues y la improvisación, algo que, como bien demuestra en esta canción, fue inevitable dejar hasta en el propio estudio de grabación.
“People Are Strange”, “Strange Days” y “Horse Latitudes” completan las joyas de este disco, muchas veces dejado de lado por la importancia y reputación que a lo largo de los años ha ganado el primer long play del grupo, o por “L.A. Woman”, el último registro discográfico de Morrison junto a los Doors, una banda que conocí gracias a la película de Oliver Stone y a la que recuerdo como el cuarteto más original que Estados unidos parió en los sesenta, y que a diferencia de lo que me dijo aquel ingrato amigo, hizo más de lo que él imagina en la historia de la música.
Bonus tracks (o los que se quedaron por poquito):
Aladdin Sane - David Bowie
Powerslave – Iron Maiden
Post - Björk
Fabulosos Calavera – Los Fabulosos Cadillacs
Songs Of Faith And Devotion – Depeche Mode
Dark Side Of The Moon – Pink Floyd
La Voz - Héctor Lavoe
Traveling Whitout Moving – Jamiroquai
Imagine – John Lennon
E.T. – John Williams
Mar – Leo García
…And Justice For All – Metallica















